SIGO SIENDO EL REY (o de cómo Stephen King la ha vuelto a hacer)
Hace algunos años, Marco Besas y yo estabamos anclados en la barra de un garito cuyo nombre (de verdad) no puedo recordar, discutiendo sobre cine y otras banalidades, cuando Marco, después de llevarse su whisky a la boca, me espetó lo siguiente más o menos:
-Mira, el que es bueno, de un modo o de otro acaba llegando a donde se merece. Piensa en Stephen King. ¿Por qué empezó a vender? ¿Por qué lo sigue haciendo? Pues porque es bueno, joder.
Años más tarde, a Marco lo nominarían al Goya al Mejor Cortometraje de Animación por su burtoniana La leyenda del espantapájaros (el mismo año, por cierto, en que nosotros optabamos al mismo galardón por El Intruso, qué cosas). Su corto poco o nada tiene que ver con Stephen King, y sin embargo sospecho lo que quería decirme esa noche.
El Maestro es bueno, mal que le pese a algunos. No sé si es el mejor en lo suyo (no he leído todo lo que se ha escrito sobre terror en la historia de la literatura, aunque en ello estamos), pero desde luego es de los mejores. Y lo es por una cuestión de evolución. El terror, como todos los géneros, como todas las cosas, evoluciona, y King es el resultado de ello. A principios de los setenta apuntaló el puente entre el horror gótico romántico tardío de Poe y los suyos (incluso de Lovecraf) y el terror más costumbrista; un puente que Richard Matheson empezó a construir en los cincuenta, y que King, con los años, ha seguido llenando de tablones, algunos fuertes y robustos, otros más endebles, pero siempre dignos de ser cruzados. Stephen King, en definitiva, es lo que la evolución ha hecho con Poe, con Stocker, con Bierce y, sí, con Lovecraft y Matheson. King, en definitiva, era y es inevitable.
Su última novela publicada en España se titula Cell (de momento, porque ya es inminente la edición en castellano de La historia de Lisey), y es, aparentemente, un regreso de King al horror puro, duro y apocalíptico de sus primeros libros. Tan sólo aparentemente. Mi opinión es que King sólo podía haber escrito Cell tras cuatro décadas de discernir sobre las pesadillas del hombre moderno. Porque para llegar a esta historia sobre teléfonos móviles que, en sólo un minuto, convierten a la humanidad entera en una suerte de zombies trasnochados, hay que pasar primero por el miedo a la muerte (Cementerio de animales), por el rechazo a lo diferente (Carrie, Salem,s Lot) o por la visión del hombre como un agujero negro sin fondo capaz de lo mejor y lo peor(El resplandor)
Cell es tan directa, salvaje y malintencionada como las mejores obras de King, cierto, pero desprende un cierto aroma escéptico, no ya con respecto a lo que cuenta, sino a cómo lo cuenta. Es como si King fuera consciente en todo momento de lo duro de su mensaje, y tuviera que echar mano del sentido del humor para que el lector -el menos avezado, supongo- no sé de cuenta también. Cell no sólo habla de teléfonos móviles -es más: ni siquiera habla de eso- sino de lo que el hombre está haciendo consigo mismo desde hace muchos años: de cómo ya no hay diferencia entre los monstruos y los humanos (eso explicaría porque ya no hacen falta, ni siquiera en el cine). En este sentido, el momento del libro en que los protagonistas queman un estadio entero repleto de zombies telefónicos, hermana directamente con las escenas de Jack Crow masacrando chupasangres en Vampiros, de John Carpenter. Y se trata de dos obras escritas y rodadas en los últimos diez años en las que protagonistas y monstruos hacen lo mismo. Algo que ya nos dijo Matheson en 1954 con Soy Leyenda, en la que el último hombre normal sobre la tierra se da cuenta de que él, y no los vampiros, es la auténtica amenaza.
King parece haberse dado cuenta de ello -no en vano, lleva apuntando esto desde Carrie, pero con Cell ya ha explotado del todo- y se ha asustado. Y se nota. Ya lo decía Romero: es tan terrible el tipo que disfruta volando la cabeza del zombie, como el mismo zombie intentando morderle un brazo. Esta suerte de fatalismo sin posibilidad de redención convierte a Cell en la obra maestra que, posiblemente, ni los fans ni el propio King esperabamos. Porque Cell da miedo, mucho miedo. El mismo miedo que produce oír hablar del cambio climático o de la gripe aviar por ejemplo. Cell habla de nosotros. De lo que hemos llegado a ser. De lo que seremos... si es que aún nos queda tiempo.
Y fijaos si King es honesto que le dedica el libro a Richard Matheson y a George A. Romero. Eso sí que es ser consciente de lo que escribes y de a quien se lo debes.
Larga vida al Rey. Marco, tenías razón: el cabrón es bueno, joder.

Ángel Martín Cores dijo
Tardé más de veinte años en darme cuenta de que tu colega tenía razón. Como lector, el género de lo escabroso y sobrenatural nunca me interesó demasiado y lo poquísimo que había leído de esa naturaleza no me dijo gran cosa. Ni siquiera él... Hasta que un día un buen amigo puso en mis manos "Mientras escribo" y aquello fue como si alguien abriera una puerta en mi cabeza a un universo absolutamente desconcertante y maravilloso que hasta entonces había preferido ignorar. Después de ese libro, soberbio, sensacional, no he podido de dejar de leer a King y de adentrarme, a su vez, por la literaria senda de lo tenebroso. No sabía lo bien que se lo puede llegar a pasar uno con el miedo. Escritores con oficio y talento no faltan y siento un gran regocijo interior con sólo pensar los tesoros que, en este terreno, me quedan aún por descubrir. Tu amigo Marco tenía toda la razón: Stephen King es un buen escritor. Y lo que aquí dices sobre su última (y diabólica) criatura es completamente cierto. Un apunte más: junto con la frase que cierra la novela lo más espeluznante y sobrecogedor -y mejor escrito- de "Cell" no es la apocalíptica desolación que envuelve a todo el relato, como una espesa telaraña de pesadilla, ni su sangrante sentido del humor -negro, negrísimo-, sin duda, lo mejor de este honrado texto de género es la escalofriante escena donde se describe la agónica muerte de uno de sus personajes principales a lo largo de varias horas de tensa, terrible espera. Unas páginas así sólo están al alcance de un maestro de la literatura con mayúsculas... y con dos narices.
5 Noviembre 2006 | 02:38 PM