El problema con la juventud de hoy es que ya no pertenece uno a ella, decía, más o menos, Dalí.
Me he pasado algo más de un mes viajando por toda España para impartir una serie de (no sé como llamarlo, conferencias, seminarios, ponencias...) sobre guión cinematográfico, y el público, como diría Bart Simpson, no podía ser más difícil: nada menos que una jauría de adolescentes hormonados y asilvestrados. Vamos: chavales, a secas. Menos mal que el escenario jugaba siempre a mi favor, porque las clases las dábamos en un cine, para llegar al cual los alumnos tenían que coger el correspondiente autobús fletado por el instituto. Vamos, casi como una excursión. O eso creía yo.
Aunque las cosas variaban de una ciudad a otra, la proporción era más o menos la misma: un 50% de chavales a los que le importa un pepino lo que le cuentes; un 30% a los que no le importa en principio, y al final acaban interesándose; y un 20% (y creo que estoy tirando por lo alto) a quien de entrada le picaba un poco esto del cine y la narración. Pero sólo un poco. Una cosa he descubierto: cuanto más al norte tiras, más interesantes se muestran los chavales (majetes, muy majetes, en Oviedo). No me pregunten por qué.
El caso es que al volver de la guerra, me encuentro con el calamitoso informe PISA proclamando que nuestros chicos no se enteran ni papá de lo que le leen. Una amiga periodista especializada en estas lindes va aún más allá: me cuenta que, según las estadísticas, la chavalada española sí que lee. Hasta los 12 o 13 más o menos. A partir de ahí, empieza la caída libre en picado. (Laura Gallego si que sabe, ¿eh, Laura?).
Por una vez, no voy a ponerme dramático. Supongo que la generación de nuestros padres, y la de nuestros abuelos, no era mucho mejor. Pero no deja de sorprenderme que un instinto tan primario como es el de escuchar historias, cada vez se refugie más en soportes más y más banales. El chico que juega con la PDA mientras yo trato de dar mi clase, probablemente no sepa que entre lo que estoy contando y su maquinita, quizás, no haya tanta distancia. Que al final todo es narración, pero que hay una diferencia esencial entre el buen chuletón y el McDonalds. No hay nada malo en un Cuarto de libra con queso de vez en cuando, pero si uno se alimenta exclusivamente de Cuarto de libra se está perdiendo algunos de los placeres más inmensos de la vida.
Nunca se dejará de contar historias, y nunca habrá quien deje de escucharlas, pero si el destino final de la narración hoy es Gran Hermano o Supermodelo, apaga y vamonos. Y no, no ayuda que en los colegios se obligue a los chavales a tragarse infumables del tipo La celestina. Por el amor de Dios. Volviendo a Los Simpson: ¿es qué nadie va a pensar en los niños?
Menos mal que hablas sobre este tema, porque ya creía que ibas a hacer una disertación sobre las nuevas generaciones del PP.
Un abrazo de generación a generación!