La vida es una ironía con aroma agridulce. Rafael Azcona, que trató toda su vida de pasar desapercibido -con ese encanto un poco pícaro que sólo los tímidos y los humildes poseen-, resulta que al final se ha ido de este mundo sin conseguirlo.
Porque Azcona es como ese tío al que uno venera y que sólo aparece por navidad: llega, te enseña sin pretenderlo, y divirtiéndote, cuatro lecciones sobre la vida y vuelve a marcharse.
Azcona es el profesor de guión de todos nosotros, la universidad de la que bebemos aquellos que nos dedicamos a esto de contar verdades diciendo mentiras. Azcona no es el mejor guionista que ha tenido nunca el cine español. Él, en cierto modo, fue y es el cine español.
Azcona quería marcharse sin que nadie -excepto, quizás, su familia y sus más allegados- derramaran una sola lágrima por él -me imagino que por aquello de la responsabilidad-. Mal. Algunos, que ni siquiera te conocimos, hoy estamos llorando.
Gracias por haber existido, y gracias por no reconocer nunca cuánto te debemos.
Gracias, tío Rafi. Y hasta siempre.


Tendría nueve o diez años cuando murió José Isbert, el inimitable y fabuloso actor que muchos recuerdan como el abuelo cebolleta de "La gran familia". Gracias a la devoción que mi padre sentía por este magnífico intérprete pude ver entonces la mayoría de sus películas, en la única cadena de televisión que existía por aquella época (en Canarias fue así hasta 1982) y en un espacio llamado Cine-Club, que se emitía los viernes muy de noche, como cierre de la programación.
Jamás olvidaré la impresión que entonces me produjeron historias como "Los jueves, milagro", "Calabuch", "¡Bievenido, míster Marshall!" o "El cochecito", que por aquello del humor negro me resultó más difícil de digerir pero no menos estimulante.
Pasado un tiempo, con catorce años, me quedé de una pieza al contemplar por primera vez esa obra maestra absoluta del arte cinematográfico que se titula "El verdugo". Y, como en España existe un Ministerio de Cultura, tardé casi otros diez años en ver una cinta de la que sólo encontraba referencias en las enciclopedias pero que ninguna cadena de televisión, ninguna Filmoteca ni Video-Club ni, por supuesto, sala comercial, exhibía. La peli en cuestión es "Plácido" y todas las sensaciones que había experimentado con los largometrajes anteriores se vieron amplificadas hasta niveles totalmente insospechados. Sin embargo, el efecto que esta obra extraordinaria produjo en mí tuvo un matiz contraproducente. Al acabar de gozar de esta otra maravilla con mayúsculas no pude evitar preguntarme a mí mismo por qué Rafael Azcona nunca alcanzó las cotas de perfección que obtuvo con sus primeros trabajos para Ferreri, Berlanga y Saura (sobre todo, en "La caza").
Sin menospreciar sus mejores producciones dentro de las dos últimas décadas, honestamente pienso que sus guiones jamás volvieron a destilar el mismo ingenio, la misma gracia, ni siquiera la misma mala baba corrosiva que en los títulos antes mencionados. Aunque, paradójicamente, han sido en estos últimos años en los que Azcona decidió salir de su peculiar anonimato y mostrarse a la luz pública, para regocijo de quienes le veníamos siguiendo el rastro durante toda la vida.
En el año 2000 tuve la única oportunidad de encontrarne con él, con motivo de una charla que daba en Tenerife junto a su amigo Manuel Vicent. Decliné la oportunidad que me daban de ir almorzar con ellos y junto a otros periodistas porque uno tambiés es tímido y humilde y, al fin y al cabo, lo único que quería era darle las gracias, no reírle las gracias. Como has hecho hoy aquí, querido Rubén, en este sentido y emotivo apunte. Lamentablemente, ya no podré mostrarle mi sincero agradecimiento en persona. Descanse en paz.
Holaaa que tal?Nada, que me ha dicho Erika que tmabien vienes el concierto de Los Secretos el sábado! Lo vamos a pasar genial, y no estarás solo...Estarás con las locas de la segunda fila xDDD
Un beso, y ya queda menosss!!
En mi comentario enviado ayer incurrí en un error de bulto. Atribuía el guión de "La caza" al difunto Rafael Azcona. Lo siento. El libreto de esta película (quizá la mejor de su director) fue escrito por el propio Carlos Saura y Angelino Pons. Pido disculpas a todos y doy mi palabra de honor de que siempre pensé que el maestro Azcona había metido la cuchara en ese puchero. He estado equivocado todo este tiempo. Su primer guión para Saura fue el de "Pippermint frapé". Hasta otra.
¡Qué gran pérdida! Por fortuna, el maestro Azcona no se limitó unicamente a escribir novelas (que era lo que él quería), sino a regalarnos magníficos guiones que forman parte de nuestra imaginería cinéfila.
Fue para Berlanga lo mismo que Diamond fue para Wilder; si hubiera vivido en Hollywood le hubieran llovido los oscars, estoy convencido. Un abrazo eterno, amigo Azcona.