La vida es una ironía con aroma agridulce. Rafael Azcona, que trató toda su vida de pasar desapercibido -con ese encanto un poco pícaro que sólo los tímidos y los humildes poseen-, resulta que al final se ha ido de este mundo sin conseguirlo.

Porque Azcona es como ese tío al que uno venera y que sólo aparece por navidad: llega, te enseña sin pretenderlo, y divirtiéndote, cuatro lecciones sobre la vida y vuelve a marcharse.

Azcona es el profesor de guión de todos nosotros, la universidad de la que bebemos aquellos que nos dedicamos a esto de contar verdades diciendo mentiras. Azcona no es el mejor guionista que ha tenido nunca el cine español. Él, en cierto modo, fue y es el cine español.

Azcona quería marcharse sin que nadie -excepto, quizás, su familia y sus más allegados- derramaran una sola lágrima por él -me imagino que por aquello de la responsabilidad-. Mal. Algunos, que ni siquiera te conocimos, hoy estamos llorando.

Gracias por haber existido, y gracias por no reconocer nunca cuánto te debemos.

Gracias, tío Rafi. Y hasta siempre.